Dicen que un libro gana el equilibrio del lector –cual funambulista– en la primera oración que se le ofrece. Es cierto, esa es una de las armas que utiliza Pachón para servirte el café caliente, de esos que te hacen reposar la taza sobre la mesa y divagar entre dos realidades: la tuya y la que te retrata el autor.
Tras varios metros de cable, el lector pierde miedo a las alturas, quedándose prendado de "Caroline" o del baile de zapatos de "Bellini" –he de confesar, mis dos favoritos; pero esto viene de atrás– y se adentra en la magia que Pachón transmite con sus historias, sacando a ese niño que llevamos dentro: ¡viva la magia, viva "El Gran Loussini"!
Las historias se crearon para viajar, y quien diga lo contrario miente. No dejarás de hacerlo, de una ciudad a otra, de un cuento a otro, de "Los libros que nadie quiere" a "El herbolario de Abdul al-Fida", siendo "Prisionero" de unos personajes que te harán jugar.
Este "Cosas que escribí mientras se me enfriaba el café" no está escrito en un solo instante, y eso el lector lo percibe al contemplar el cariño con el que el autor ha tratado sus historias. Cabe destacar también el maravilloso trabajo de portada que ha realizado Alfonso Casas y el mimo con el que Paula Campos abraza a Pachón en el prólogo.
Finalizo esta reseña citando la primera línea del último relato del autor; os dejo en buena compañía, al otro lado del cable: "No me fío de la palabra 'fin'".
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El libro es fantástico. Tu reseña muy acertada.
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